miércoles, 4 de enero de 2017

Juicio y Misericordia.


El hijo pródigo” de Pierre Puvis de Chavannes, pintor simbolista del siglo XIX.

“No entres en juicio con tu siervo, porque ante Ti ningún viviente es justo.” (Salmo 142, 2).

Alguien que, por una rápida infección en la cara se halló a un paso de la muerte sin perder el conocimiento, ha narrado las angustias de ese momento para el que quiere prepararse al juicio de Dios. Sentía necesidad de dormir pero luchaba por no abandonarse al sueño porque tenía la sensación de que éste era ya la muerte y que en cuanto se durmiese despertaría en el fuego del purgatorio. Aunque había hecho confesión general y recibido los sacramentos le faltaba todo consuelo y la certeza del purgatorio se le imponía como una necesidad de justicia, pues tenía, claro está, conciencia de haber pecado muchas veces pero no la tenía de haberse justificado suficientemente ante Dios. Una religiosa enfermera a quien le confió esa tremenda angustia espiritual no hizo sino confirmarle esos temores, como si debiese estar aún muy satisfecho de que ese fuego no fuese el del infierno. Salvado casi milagrosamente de aquel trance —agrega— me consulté con un sacerdote, que me aconsejó leer y estudiar el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, y allí encontré lo que asegura la paz del alma, pues al comprender que nadie puede aparecer justo ante Dios (S. 142, 2) y que nadie es bueno sino Dios (Luc. 18, 18) comprendí que sólo por la misericordia podemos salvarnos y que en eso precisamente consiste nuestro consuelo, en que podemos salvarnos por los méritos de Jesucristo, pues para eso se entregó Jesús en manos de los pecadores. Maravillosa e insuperable verdad, que nos llena más que ninguna otra de admiración, gratitud y amor hacia Jesús y hacia el Padre que nos lo dio. Ella quedará grabada para siempre en el alma que haya meditado este misterio de la misericordia divina.

Mons. Dr. Juan Straubinger.

No queremos...

La mayoría de la gente, influenciada por los medios y el espíritu que reina, y hacen reinar, en la sociedad, piensan y sienten que un buen gobierno es aquel en el que no se sufrirían trastornos económicos. Ignorando que los problemas económicos son efecto de la destrucción moral que existe en todos los órdenes. Pero también ignoran que la moral no es una mera convención o contrato (implícito o no) entre los hombres. Si Dios no es el Supremo legislador no hay moral alguna que valga. Sin una conversión verdadera a Jesucristo nada es posible. Y, al parecer no habrá nunca un “cacerolazo” para pedir esto. En realidad: parecen decir todos a coro - alentados por los falsos profetas de hoy y de siempre: -“No queremos que Ése reine sobre nosotros.” No abandonaremos el barro que amamos. “Voz que clama en el desierto”.


San Juan Bautista señalando a Cristo ante la multitud”.
Por el pintor ruso Alexander Ivanov (1806-1858)

Carlos Pérez Agüero, 12-Abr-2016, tomado de su archivo personal.

***

“El resorte que mueve a la Humanidad está por encima de las realidades políticas”, decía Chesterton en su libro “El hombre eterno”. Y esta es la verdad olvidada, tapada, escondida y rechazada por la necedad y la ignorancia modernas. Rechazada por la soberbia y la estupidez de la humanidad-deshumanizada actual. Pero esto traerá sus consecuencias. Como decía un poema medieval anónimo: 

“Todos los sabios dixeron
que las cosas mal regidas
cuanto más alto subieron
mayores dieron caídas.”

Y, no se puede edificar algo sólido con ladrillos podridos. 

Y también: “Cuando los ciegos son los que guían, ¡Ay! de los que van detrás”.


1568. “La parábola de los ciegos” Un ciego guiando a otros ciegos.
Por el artista holandés Pieter Bruegel, el Viejo.

Carlos Pérez Agüero, 11-Abr-2016, tomado de su archivo personal.

martes, 20 de diciembre de 2016

1492, fin de la barbarie comienzo de la civilización en América. Presentación del tomo II.


En al foto, de izquierda a derecha: Lucas Carena, Cristian Iturralde y Pablo Davoli

Presentación del Tomo II de “1492: fin de la barbarie comienzo de la civilización en América de Cristian Rodrigo Iturralde, realizada en el Museo Roca el 13 de diciembre del 2016. Presentaron, por orden de aparición: Lucas Carena, Pablo Davoli y el autor.

Se puede escuchar o descargar desde este enlace

Cuándo el arte es sagrado y cuándo deja de serlo.

En recuerdo a nuestro querido Carlos Pérez Agüero, quién además de artista fue estudioso del mismo, escribiendo artículos y escribiendo conferencias sobre filosofía del arte, publicamos uno de sus últimos artículos que escribió sobre arte sacro.


CUÁNDO EL ARTE ES SAGRADO
Y CUÁNDO DEJA DE SERLO
Por Carlos A. Pérez Agüero


Catacumba de Commodila. Roma. Jesucristo.
No es fácil resumir en dos palabras cuándo el arte comienza a ser sagrado y cuándo comienza a dejar de serlo.

En otras culturas - no cristianas - hubo intentos,  más o menos logrados, en el sentido de expresar lo sagrado - o sobrehumano -  con medios artísticos que lo hicieran notable.
Pero, en el caso del cristianismo - dado su peculiar  espíritu - éste resultó ser muy especial y original, a tal punto que, exigió otros medios para alcanzarlo. El hecho de la Encarnación del  Verbo divino, que habitó entre nosotros y del cual “vimos su Gloria” – como dice el Apóstol San Juan- el camino correcto a tomar ya estaba implícitamente indicado. Trataremos, en estas breves consideraciones, de dar un poco de luz sobre el tema, parado, como suele decirse, por supuesto, sobre hombros de gigantes - con miradas más altas, agudas y claras sobre ello.

Para comenzar, podríamos decir que el arte Cristiano encontró sus formas propias - es decir, adecuadas a su espíritu - a partir del siglo IV con el ascenso de Constantino el Grande como Emperador del decaído Imperio Romano- hasta llegar a mediados  del  siglo XV, con la caída de Constantinopla por los turcos Otomanos, luego del cual, podríamos decir que, el arte cristiano sagrado comienza su decadencia, especialmente a partir del período histórico  conocido como, y erróneamente calificado de, “Renacimiento”.

Dentro de este extenso período (s. IV al XV, un milenio, más o menos) se desarrollan y fijan las características más importantes del arte sagrado cristiano. Con Constantino el Grande comienza el desarrollo y  la expansión del arte cristiano por toda la Europa, lo que propiamente conocemos como la Cristiandad.

Desprendido de las formas grecorromanas de sus comienzos en las catacumbas,  la vida al exterior del cristianismo trajo aparejadas sus exigencias propias, especialmente con las nuevas formas que exigiría el oficio sagrado de la liturgia en los sitios en dónde se oficiaría: los templos, el lugar del Culto. El Templo será el lugar privilegiado para convertirse no solo en la Casa de Dios, en la casa delSacrificio (sacra facere), en la casa de oración por excelencia, sino también en una representación del mundo cristiano: la transfiguración de este mundo - hasta entonces pagano- en el nacimiento de un nuevo mundo: el mundo cristiano, la Cristiandad.

El Arte Cristiano le habla al mundo de un “otro mundo”, no solo en el más allá, sino aún en este mundo, pero transfigurado éste por el Espíritu de Cristo.

Sus nuevas formas artísticas lo recalcan y lo muestran con características que le son propias:

Las representaciones sagradas de Cristo, de la Virgen, de los Ángeles y de los Santos se espiritualizan, se sobrenaturalizan.  ¿Cómo es que se consigue esto? ¿Con qué medios?

Los cuerpos humanos pierden peso. Los pies de los personajes representados apenas tocan el suelo, parecen flotar sobre él. Incluso se sobreponen unos a otros sin considerar una perspectiva espacial. Desaparecen las sombras plásticas que le dieran volumen y peso a los cuerpos. El espacio pierde su tridimensionalidad y se convierte en un plano, a veces abstracto. Los cuerpos pierden su opacidad y tangiblidad, las vestiduras su calidad y textura. No solo los cuerpos se hacen “transparentes”, pasan a un primerísimo plano abandonando prácticamente el paisaje, el mundo que les rodea. El lugar, o el paisaje en donde se encuentran, deviene un plano abstracto, o solo indicativo por algún elemento del lugar o de la situación. Se resuelven en un plano simbólico, sin sensación  de espacio tridimensional.


La Transfiguración del Señor
  
Por ejemplo: el monte Tabor en donde Cristo se transfiguró resplandeciendo su divinidad, está sugerido con la representación de rocas amontonadas en un plano. La gloria divina de Cristo está significada con un óvalo o almendra o círculo de luz. Moisés y Elías se inclinan reverentemente hacia Cristo. Cristo de frente alzando solemnemente su mano derecha bendiciendo y sosteniendo a sus discípulos. Éstos, más abajo en la composición, están en poses que representan por sí mismas que se han desplomado por el asombro y el arrobamiento que ha provocado en ellos la gloriosa manifestación del Señor. No hay ninguna representación “realista” del hecho, en el sentido de que cómo éste hecho podría haber sido percibido por los sentidos externos –por así decirlo. El contemplador de la escena se ve obligado a detenerse y a contemplar cada cosa. Se ve obligado a “leer” no solo el hecho general en sí, sino cada cosa en particular. Se ve obligado a hacer una “lectura teológica” del suceso. Pedro ha caído de rodillas y ha girado su cabeza para dirigir su palabra a Cristo: - “Qué bueno es estarnos aquí, Señor”. Otro discípulo (probablemente San Juan – el amor suele representarse con el color rojo, en este caso el color del vestido del discípulo amado). San Juan se toma la cara entre pensativo y azorado y, por último,  vemos a Santiago, el tercer discípulo, “cabeza abajo”, cubriéndose el rostro sumido todo su ser en su interior.

Los personajes no solo han perdido peso sino que sus movimientos son serenamente contenidos. No hay movimientos bruscos. Como si los movimientos no dependiesen ya del tiempo, como si ya no tuvieran nada que ver con él. Las composiciones no son asimétricamente dinámicas sino serenamente simétricas. Se asemejan a lo inmutable porque reflejan lo inmutable, lo que está más allá del tiempo y del espacio de este mundo.

Tampoco hay preocupación por mostrar estados psicológicos, más exteriores que las profundidades del alma. Todo drama, o acción exterior, ha pasado a ser interior, invisible a los sentidos y a las leyes que rigen este mundo. Solo hay indicaciones externas que, sugieren más que muestran, los estados interiores del alma. La imagen sagrada se convierte en una especie de álgebra teológica dirigida no a conmover o a impactar sobre los sentidos sino a despertar el intelecto, el pensamiento, la meditación señalada por los símbolos que la conforman. Por eso es que, de los íconos, no se dice de ellos que “se pintan” sino que “se escriben”. Se asemejan a un álgebra teológica a ser descifrada. No por nada la representación de este hecho de la Transfiguración del Señor es el primer icono que deben realizar los aspirantes a ser escritores de íconos. Éste ícono resume en sí mismo la teología y las formas del arte sacro.


Reconstrucción de una ceremonia litúrgica en la catedral de Amiens, Francia

El arte es sagrado cuando acompaña y sirve a la liturgia como un soporte de su significación y reverencia ante los Misterios. No cualquier representación religiosa es sagrada. El tema religioso no basta para ser considerado sagrado, debe tener un lenguaje y conformación acordes con ello. Para que una obra sea considerada sagrada debe ser digna de acompañar con su significación simbólica  a realzar la acción litúrgica en su acción y significación. La imagen para ser digna de la acción litúrgica no debe dirigirse a los sentidos en primer lugar sino – y a través de ellos - llevar a la intelección de lo que obra la acción litúrgica.


EL TEMPLO

Como dijimos más arriba el principal objetivo de los cristianos al abandonar las catacumbas fue la instalación de un templo, un espacio sagrado, y consagrado, para realizar la acción litúrgica principal, el corazón de la Fe cristiana: el Oficio del Sacrificio de la Misa. Todo en el Templo estará orientado hacia esto: La representación incruenta del Sacrificio de Cristo en el Calvario para la Redención de los hombres: El Sacrificio del único Sacerdote y Víctima, Jesucristo, realizado por única vez de modo cruento penetrando en el Santuario no hecho por manos de hombres, pues eso es lo que significó la rasgadura del velo del Templo,  a la hora misma de la muerte del Señor: El fin de la Antigua Alianza. Y, por lo tanto, de los sacrificios de toros, machos cabríos y corderos –figuras todas ellas del Sacrificio que haría el Ungido de Dios, en la plenitud de los tiempos, y el inicio de la Nueva Alianza realizada por Jesucristo, el verdadero Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Y, como diría luego San Pedro a los judíos, no hubo ni habrá ningún otro nombre dado a los hombres -fuera del de Jesucristo- por el cual podamos ser salvados.

Los templos, o las Iglesias, que construirá la Iglesia Católica en su larga y milenaria historia hasta hoy, serán para realizar este sacrificio perpetuo, hecho por Jesucristo, hasta el fin del siglo, es decir, del tiempo histórico.

En cuanto a las formas artísticas escogidas para la acción sacra, también éstas se irán separando de este mundo reservándose un espacio, un mundo consagrado. En el Templo todo es sacro, fuera de él todo es “profano”, no sacralizado, fuera del Templo que ya no sirve para la acción sacra, (excepto contadas excepciones). Como todos saben, se comenzó, tomando de los romanos y griegos las formas ya existentes de los edificios más adecuados - o que pudieran irse adecuando a las necesidades del culto y de los símbolos con los que se les  revestiría.

Tomarían, en primer lugar y como referencia principal, un lugar escogido en el cosmos, como el centro de éste, en el corazón de la cruz que forman los cuatro puntos cardinales. De este modo se convertirían éstos en el propio centro del mundo. En uno de los centros del mundo como el lugar en donde, de un modo especial y real,  habita la divinidad. Éste lugar y esta orientación es escogida cosmológicamente, según el ritmo del cielo, en el solsticio de invierno, el solsticio tradicionalmente divino, escogido por Cristo para nacer. El ábside del Templo se ubicaría hacia donde también se orienta el altar, hacia el Este, el lugar de donde sale el Sol invicto: Jesucristo. La puerta de entrada al Templo hacia el Oeste. Porque el Hijo del Hombre volverá a juzgar a los vivos y a los muertos como el relámpago que nace en el oriente y llega al occidente. Por eso en las catedrales medievales representaban, sobre el tímpano de esta puerta occidental, el Juicio Final con Cristo sentado como Juez en su trono, rodeado de los cuatro animales apocalípticos que representan a los cuatro evangelistas, el Evangelio de Jesucristo; los veinticuatro ancianos apocalípticos y los hombres, buenos y malos, resucitando,  emergiendo de sus tumbas para el juicio final.


Tímpano sobre el portal Oeste de la Catedral de Chartres, Francia.
Cristo en majestad viniendo como juez al fin de los tiempos rodeado de los cuatro animales apocalípticos.

Las paredes de los templos también se afinan y transparentan, espiritualizadas en un principio con las ventanas y con las figuras religiosas iluminándolas. Más adelante, con los vitrales creados como las joyas de la Nueva Jerusalén, transfigurarán la cruda luz de éste mundo. Y ya no será  ésta la pura luz material que ilumina las cosas de este mundo sino la luz de Dios transfigurando el mundo.

Las columnas que sostienen el techo, las cuales representan a los doce apóstoles, descansan sobre la planta en forma de cruz, representación del cuerpo humano de Cristo y la tierra firme de su Doctrina. Verdadera imagen del Hijo del hombre y de su Evangelio. En su centro, marcado por el crucero, en  el corazón del Templo, se yergue el altar del sacrificio, desde donde, luego, partirá el cuerpo multiplicado de Nuestro Señor como el pan de la vida eterna. Las columnas aplastan también el número 666 (en letras griegas) el número de la bestia. El número 888 (En letras griegas corresponde al nombre de Jesucristo, el Salvador del mundo, desde el suelo hasta la piedra principal de la Bóveda). “La piedra que desecharon los edificadores”- como lo anunciaron proféticamente las Sagradas Escrituras – que “vino a ser la piedra angular”.

El uso de la gematría (los letras en griego y hebreo tenían valor numérico) con este valor, que les daba el platonismo, el pitagorismo y aún la teología -“Dios creó todas las cosas con número, peso y medida” dice la Escritura- con estas medidas, repetimos, se construían los templos, resultando todos ellos una representación de la armonía del cielo y el esplendor de su belleza.


Catedral de Monreale, románica, nave central. Italia. Fines del siglo XII.

LA MÚSICA SACRA
Y LOS GESTOS Y ACCIONES LITÚRGICOS

La música sacra halló su forma sagrada en el canto monódico gregoriano, verdadera interpretación de los textos de la Sagrada Escritura. La acústica estudiada de las Catedrales acompañaría a los fieles con estos cánticos acercándolos a la esfera de los cánticos angélicos, ayudando a las almas a elevarse en la contemplación del mundo divino.

Los movimientos y acciones litúrgicas serán también reposados y serenos al modo de las imágenes sagradas que los representan. No es la acción litúrgica una manifestación mundana. Somos, en ella, transportados al mundo sobrenatural de las cosas divinas. Lo que sucede realmente en la acción divina de cada Misa o Sacramento.


Capilla Palatina de Palermo, bizantina, Italia.

EL ARTISTA, O LOS ARTISTAS

El artista católico debe ser católico, es decir, católico de convicción y, por lo tanto, de vida católica. Esto es más importante de lo que hoy en día se ha llegado a pensar. Después de Descartes se ha separado todo en la vida. Ha ocurrido una ruptura en la realidad una de las cosas. Se ha separado el cuerpo del alma y se ha llegado a pensar cosas absurdas sobre todas las cosas, se ha perdido casi definitivamente, lo que llamábamos hasta entonces, el sentido común. Pensar, por ejemplo, que un artista ignorante del Catolicismo o incluso ateo, puede ser un buen artista sacro es como imaginarse que un buen zapatero, por el hecho de serlo, puede ser un buen cirujano porque sabe cortar el cuero. Todo artista tiene que conocer desde el fondo - qué es lo que da realmente vida a una obra de arte - cuál es el espíritu que obra dentro de ella y le engendra. Si el espíritu católico no dio a luz verdaderamente a la obra esta no resultará  sacra, no será apta ni siquiera para decorar el templo, y menos aún para acompañar la acción litúrgica. La acción litúrgica no es un “show”. No se trata de de nada mundano. No hay en él necesidad de un “animador” de TV para “animarla”. No es un entretenimiento. No es algo intermedio entre la realidad y la fantasía. Es una realidad que sobrepasa toda realidad humana y la trasciende. La desacralización tuvo y tiene aún hoy, como fin primario, la destrucción de lo sagrado. No solo pretende negarlo sino destruir todo vestigio de él. Es el plan del Anticristo desde siempre. Está presente desde los inicios del Cristianismo, y aun los mismos Apóstoles le denunciaron claramente al desenmascarar a los falsos hermanos que propagaban un Evangelio distinto al predicado por ellos. La sana doctrina tergiversada. El Evangelio de Cristo usado para tratar de convertirlo en otra cosa, en una cosa puramente humana, primeramente, para luego desecharlo como otro mito más invención de los hombres. 

Los artistas no pueden quedar librados al azar y menos a sus caprichos y pasiones. No basta tener talento artístico y destreza en el  manejo de los medios y los materiales artísticos, para producir una obra verdaderamente religiosa  y menos aún, sacra. Un artista que tiene las dotes necesarias para ser lo que es - pues cuenta para ello, con una sensibilidad especial que lo cualifica para captar más sensiblemente las cosas del espíritu- no por ello reúne ya en sí mismo todo lo necesario para realizar obras verdaderamente sagradas.  Poseer inventiva e imaginación artística tiene sus ventajas, pero también sus desventajas, esto último en el sentido de que, como artista, es más proclive a caer en errores teológicos ya que más fácilmente puede caer en las trampas de su imaginación divagando por senderos que no conoce, como es aquel bosque, a veces intrincado, de la teología racional y aún la apofática.

En resumen: el Arte sacro es tal cuando emplea los medios necesarios para resaltar que las cosas de este mundo, aunque el arte se sirva de algunos elementos de él, lo sobrepasan y lo trascienden infinitamente. “No hay palabras humanas para hablar de Él (de las cosas del mundo divino) sin profanarlo de algún modo o torcerlo” como lo recalcó San Pablo luego de su ascensión al tercer cielo por gracia y obra divina. Los medios artísticos para expresar lo sagrado son comparables a una teología apofática. Es decir, se puede hablar de ello más de lo que no es quede lo que es.

Como dice Santo Tomás de Aquino en su Summa Teológica (I q.1 a.9) 2:

“El rayo de la divina revelación no queda extinguido por las figuras sensibles en que se envuelve, como dice Dionisio, sino que su verdad se transparenta en forma que no consiente a las inteligencias agraciadas con la revelación estancarse en las imágenes, antes bien las eleva al conocimiento de las cosas inteligibles, de suerte que por su medio llegue la revelación al conocimiento de los demás; y por esto, lo que en un lugar de la Escritura se dice bajo metáforas, se pone en otro con mayor claridad. Incluso es útil hasta la misma obscuridad de las figuras: por un lado, para ejercitar el ingenio de los estudiosos, y por otro, para sustraerlas a la burlas de los infieles, de quienes se dice en el Evangelio: No deis lo santo a los perros.

3. Como dice Dionisio, es más conveniente que la Sagrada Escritura proponga lo divino bajo la figura de cuerpos viles que de cuerpos nobles, y esto por tres motivos. Primero porque así se previene mejor al hombre contra el error, pues todos comprenden que tales figuras no se aplican a Dios con propiedad, y, en cambio, podrían dudarlo si se describiese lo divino con imágenes de cuerpos nobles; y más que a nadie sucedería esto a los que no conciben cosa superior a los cuerpos. –Segundo, porque este modo está más en conformidad con el conocimiento que tenemos de Dios en esta vida, ya que con más facilidad vemos lo que de Dios no es que lo que es, y por esto las imágenes más alejadas de Dios nos dan mejor a entender que está por encima de cuanto pensamos y decimos de Él. – Tercer, porque así lo divino se recata mejor de los indignos.”

En cuanto a un sabio asesoramiento de los teólogos sobre los artistas obliga a los mismos teólogos a instruirse sobre las formas más adecuadas de cómo representar lo divino sin caer en errores ni indignidades en las cosas dirigidas a la mayor gloria de Dios.

Los verdaderos artistas cristianos siempre han hecho meditación y oración sobre los misterios a representar, incluso ayunos, sin necesidad de ser monjes para ello. Aunque algunos lo hayan sido, como el Beato Angélico, por ejemplo y algunos iconógrafos.

La caída en el humanismo a partir del Renacimiento, como adelantáramos ya, ha producido la gran decadencia y destrucción del arte sacro. Decadencia lenta pero continuada. La decadencia de la Cristiandad fue acompañada naturalmente por la decadencia del Arte cristiano católico, el cual, partiendo del templo, había conformado el espíritu de todo el arte de Europa.

viernes, 16 de diciembre de 2016

R.I.P.: Carlos Pérez Agüero. (1943-2016)


Recordamos a Carlos Pérez Agüero, católico cabal, luchador por la Verdad y la Tradición católica. Hombre de familia y educador católico, artista y padre del autor de esta página. Fallecido, luego de una larga agonía y habiendo recibido todos los sacramentos, el domingo 20 de noviembre, último domingo de Pentecostés, según el calendario litúrgico.
Pedimos encarecidamente, a nuestros lectores y amigos, una oración por el eterno descanso de su alma y consuelo cristiano de su familia.

Aquí una de sus últimas publicaciones:

“La mejor prueba de amor es el ser capaz de sufrir por quien se ama, con diligencia y buen ánimo. El egoísmo, el no-amor, o, el amor solo orientado a sí mismo, es justamente la prueba de lo contrario. Solo el niño está pendiente, y dependiente, del amor que vuelcan sobre él los que le aman. Somos adultos en la medida en que abandonamos los caprichos de la niñez y aprendemos a sufrir la renuncia de sí mismo. Allí comenzamos a madurar, a ser responsables. A no exigir solo “derechos” y aprender a afrontar los deberes. El amor es siempre un salir de sí. El amor siempre es difusivo, tiende a darse. No es el amor un “sentimiento” o un “estado de ánimo”, no es sentirse siempre “feliz”. Eso es cursi y superficial y caprichoso (en el sentido de pasajero) además de ser siempre otro de los disfraces del egoísmo. El amor es desear, y hacer, lo que es bueno para el amado. Querer el bien del amado. Lo bueno para el amado no es siempre lo que le agrada a éste, aunque, a veces, puedan coincidir las dos cosas. Por lo tanto, para amar bien, antes es necesario saber lo que es el bien y, luego, tener el coraje (coraje viene de “cord” = corazón) de renunciar a sí mismos, si es necesario, (siempre es necesario) para lograrlo. Los fracasos del amor, hoy, son los triunfos del egoísmo. Las victorias del amor siempre van acompañadas de la derrota del amor a sí mismo. No hay amor sin ese desgarro.”

Carlos Pérez Agüero

Requiem aeternam dona ei Domine.
Et lux perpetua luceat ei.
Requiescat in pace

Dale, Señor, el descanso eterno.
Y brille para él la luz perpetua.
Descanse en paz.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Audio: Presentación de la segunda edición del libro “Lenguaje, ideología y poder”.


Presentación de la segunda edición del libro “Lenguaje, ideología y poder” de Juan Carlos Monedero (h), realizada en el Instituto de Filosofía Práctica el 16 de noviembre del 2016.



viernes, 4 de noviembre de 2016

No somos como ellos.


Por Natalia Sanmartín Fenollera

Visto en Wanderer, 04-Nov-2016.

En Yorkshire, en el norte de Inglaterra, el viento barre los páramos cubiertos de brezo. La brisa es helada. El azote del viento hace que caminar sea un esfuerzo; las ovejas bajan la cabeza.
Y sólo es octubre. Las gentes de otros tiempos cruzaban estos páramos diariamente caminando kilómetros bajo el viento helado y la nieve. Los cruzaban con lluvia y hielo; lo hacían en enero y en diciembre. Caminaban ante la mirada de sus ovejas, que pacen ahora como hace siglos, ajenas a la endiablada dureza de esta tierra.
No sólo es dura la tierra, también lo fueron los hombres que se asentaron en ella. Y entonces, ante el paisaje agreste, surge una reflexión casi inevitable: nosotros, los hombres modernos, no somos como ellos.
No somos ya como los hombres y las mujeres de antaño. No tenemos sus cuerpos, domados y endurecidos por la enfermedad, la vida austera, el dolor, y el trabajo físico; no tenemos su capacidad de resignación ante los reveses y las desgracias, tampoco tenemos su resistencia. No tenemos siquiera sus corazones, su disposición, hecha de perseverancia y esfuerzo, para sufrir, para padecer y compadecer, para amar, para doblegar los sentimientos, para curar las heridas propias y ajenas, para caer y levantarse. 
Todos los que queremos volver a una vida sencilla, evangélica, guiada por el ideal benedictino; todos los que soñamos con ese ideal, pese a no estar de ningún modo a su altura; tenemos que hacer un ejercicio de crudo realismo que comienza por reconocer que nosotros no somos ni podemos ser ya como ellos. El mundo nos ha contaminado y separado de la realidad lo suficiente como para asumir que nuestra primera tarea no es heroica, no es reconstruir nada, ni siquiera es recuperar nada. Nuestra primera tarea es renunciar, quitar, abandonar, cerrar. 
Las inteligencias modernas no se parecen tampoco a las de los antiguos. Aquellos hombres dedicaban años a estudiar en profundidad lo que tenían a su alcance y eso era su universo. Los hombres que amaban el estudio pasaban su vida leyendo y releyendo libros, libros heredados, libros polvorientos, libros llenos de sabiduría, libros también a veces con errores, libros perdidos, libros desactualizados, libros mal traducidos, libros deteriorados, libros escogidos. 
Nosotros llevamos un teléfono en la mano que contiene toda una Biblioteca de Alejandría. Un hallazgo por el que cualquier sabio antiguo habría dado la vida. Pero también un anillo brillante que ha destruido nuestra capacidad, tan hermosa y tan humana, de aguardar, de tener paciencia, de reposar, de concentrarnos, de callar, de amar el silencio. 
Muchos de nosotros ansiamos volver a vivir cerca de la tierra, hacemos planes para comprar una aldea abandonada al pie de un océano, peleamos para recuperar la liturgia, soñamos con escuelas en las que se estudie griego y latín. Cada familia, un huerto. Una taberna, oscura y silenciosa, excepto por las risas y las charlas; una taberna donde la amistad masculina florezca como antaño. Un capellán para una iglesia. Un jardín en torno a la Domus Aurea. Una pequeña librería; una editorial evangélica. Un mundo pequeño que estará lleno, como el grande, de pecado, pero en el que también sobreabundará la gracia. Una tierra que contendrá trigo y cizaña. Una pobre y buena tierra en este mundo en ruinas hasta el fin de los tiempos. 

Pero ese sueño será una imitación, será una impostura, una cáscara vacía si no logramos entornar al menos las puertas de esa hermosa biblioteca. Con sus volúmenes, su brillo, sus colores, sus debates y sonidos, sus mapas, videos, mensajes e imágenes. Si no logramos aprender a vivir, a esperar, a rezar, a discutir, a perdonar, a sonreír, a leer, a pensar, a hablar de nuevo como siempre hablaron los hombres: cara a cara y sin una pantalla ante los ojos.
En los años setenta, John Senior dijo a sus alumnos del Seminario Pearson que tirasen la televisión por la ventana si querían reconstruir la cultura cristiana. Casi cincuenta años después, la televisión no es la amenaza; no para muchos de nosotros. La amenaza es nuestra amada biblioteca; es ella la que nos cuesta tirar por la ventana. La misma que me permite escribir ahora estas líneas, la que está tan repleta de tesoros y de cosas buenas, y la que ha privado también a nuestras mentes del primer signo de civilización: las paredes y los muros. 
Senior solía recordar cómo Homero, al describir a los cíclopes y su salvajismo, nos dice: “Vivían sin murallas”. Para los griegos, las fronteras, las paredes, las murallas, eran signos de civilización. 
Parece una contradicción, un contrasentido en el que caemos todos, clamar por lo real, lo sencillo, lo pequeño, lo cercano, y al tiempo tener la mirada puesta en lo que ocurre en cada rincón del mundo a cada minuto. Hemos destruido las murallas en nuestras mentes. Hemos derribado las fronteras. Y al hacerlo, hemos dejado entrar el mundo a raudales en nuestra inteligencia, nuestro corazón y nuestras almas.
¿Es posible cerrar esa puerta? Es muy difícil. Quizá sea imposible. Tal vez pueda plantarse esa semilla en la próxima generación y nuestra labor sea protegerla para que crezca. Pero ser cristiano, incluso serlo en el nivel más bajo de la escala cristiana, ese en el que estamos tantos, es terriblemente difícil también. 

Lo difícil no ha sido jamás una razón para que un hombre abandone una tarea. Tampoco debería serlo hoy para nosotros. Aunque ya no seamos tan fuertes como ellos.

martes, 1 de noviembre de 2016

“Estamos agradecidos profundamente por los dones espirituales y teológicos recibidos a través de la Reforma”.


Tomado del Boletín oficial de la Santa Sede, 31-Oct-2016.

DECLARACIÓN CONJUNTA
Con ocasión de la Conmemoración conjunta Católico – Luterana de la Reforma
Lund, 31 de octubre de 2016

«Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí» (Jn 15,4).

Con corazones agradecidos

Con esta Declaración Conjunta, expresamos gratitud gozosa a Dios por este momento de oración en común en la Catedral de Lund, cuando comenzamos el año en el que se conmemora el quinientos aniversario de la Reforma. Los cincuenta años de constante y fructuoso diálogo ecuménico entre Católicos y Luteranos nos ha ayudado a superar muchas diferencias, y ha hecho más profunda nuestra mutua comprensión y confianza. Al mismo tiempo, nos hemos acercado más unos a otros a través del servicio al prójimo, a menudo en circunstancias de sufrimiento y persecución. A través del diálogo y el testimonio compartido, ya no somos extraños. Más bien, hemos aprendido que lo que nos une es más de lo que nos divide.

Pasar del conflicto a la comunión

Aunque estamos agradecidos profundamente por los dones espirituales y teológicos recibidos a través de la Reforma, también reconocemos y lamentamos ante Cristo que Luteranos y Católicos hayamos dañado la unidad vivible de la Iglesia. Las diferencias teológicas estuvieron acompañadas por el prejuicio y por los conflictos, y la religión fue instrumentalizada con fines políticos. Nuestra fe común en Jesucristo y nuestro bautismo nos pide una conversión permanente, para que dejemos atrás los desacuerdos históricos y los conflictos que obstruyen el ministerio de la reconciliación. Aunque el pasado no puede ser cambiado, lo que se recuerda y cómo se recuerda, puede ser trasformado. Rezamos por la curación de nuestras heridas y de la memoria, que nublan nuestra visión recíproca. Rechazamos de manera enérgica todo odio y violencia, pasada y presente, especialmente la cometida en nombre de la religión. Hoy, escuchamos el mandamiento de Dios de dejar de lado cualquier conflicto. Reconocemos que somos liberados por gracia para caminar hacia la comunión, a la que Dios nos llama constantemente.

Nuestro compromiso para un testimonio común

A medida que avanzamos en esos episodios de la historia que nos pesan, nos comprometemos a testimoniar juntos la gracia misericordiosa de Dios, hecha visible en Cristo crucificado y resucitado. Conscientes de que el modo en que nos relacionamos unos con otros da forma a nuestro testimonio del Evangelio, nos comprometemos a seguir creciendo en la comunión fundada en el Bautismo, mientras intentamos quitar los obstáculos restantes que nos impiden alcanzar la plena unidad. Cristo desea que seamos uno, para que el mundo crea (cf. Jn 17,21).
Muchos miembros de nuestras comunidades anhelan recibir la Eucaristía en una mesa, como expresión concreta de la unidad plena. Sentimos el dolor de los que comparten su vida entera, pero no pueden compartir la presencia redentora de Dios en la mesa de la Eucaristía. Reconocemos nuestra conjunta responsabilidad pastoral para responder al hambre y sed espiritual de nuestro pueblo con el fin de ser uno en Cristo. Anhelamos que sea sanada esta herida en el Cuerpo de Cristo. Este es el propósito de nuestros esfuerzos ecuménicos, que deseamos que progresen, también con la renovación de nuestro compromiso en el diálogo teológico.
Pedimos a Dios que Católicos y Luteranos sean capaces de testimoniar juntos el Evangelio de Jesucristo, invitando a la humanidad a escuchar y recibir la buena noticia de la acción redentora de Dios. Pedimos a Dios inspiración, impulso y fortaleza para que podamos seguir juntos en el servicio, defendiendo los derechos humanos y la dignidad, especialmente la de los pobres, trabajando por la justicia y rechazando toda forma de violencia. Dios nos convoca para estar cerca de todos los que anhelan dignidad, justicia, paz y reconciliación. Hoy, en particular, elevamos nuestras voces para que termine la violencia y el radicalismo, que afecta a muchos países y comunidades, y a innumerables hermanos y hermanas en Cristo. Nosotros, Luteranos y Católicos, instamos a trabajar conjuntamente para acoger al extranjero, para socorrer las necesidades de los que son forzados a huir a causa de la guerra y la persecución, y para defender los derechos de los refugiados y de los que buscan asilo.
Hoy más que nunca, comprendemos que nuestro servicio conjunto en este mundo debe extenderse a la creación de Dios, que sufre explotación y los efectos de la codicia insaciable. Reconocemos el derecho de las generaciones futuras a gozar de lo creado por Dios con todo su potencial y belleza. Rogamos por un cambio de corazón y mente que conduzca a una actitud amorosa y responsable en el cuidado de la creación.

Uno en Cristo

En esta ocasión propicia, manifestamos nuestra gratitud a nuestros hermanos y hermanas, representantes de las diferentes Comunidades y Asociaciones Cristianas Mundiales, que están presentes y quienes se unen a nosotros en oración. Al comprometernos de nuevo a pasar del conflicto a la comunión, lo hacemos como parte del único Cuerpo de Cristo, en el que estamos incorporados por el Bautismo. Invitamos a nuestros interlocutores ecuménicos para que nos recuerden nuestros compromisos y para animarnos. Les pedimos que sigan rezando por nosotros, que caminen con nosotros, que nos sostengan viviendo los compromisos de oración que manifestamos hoy.

Exhortación a los Católicos y Luteranos del mundo entero

Exhortamos a todas las comunidades y parroquias Luteranas y Católicas a que sean valientes, creativas, alegres y que tengan esperanza en su compromiso para continuar el gran itinerario que tenemos ante nosotros. En vez de los conflictos del pasado, el don de Dios de la unidad entre nosotros guiará la cooperación y hará más profunda nuestra solidaridad. Nosotros, Católicos y Luteranos, acercándonos en la fe a Cristo, rezando juntos, escuchándonos unos a otros, y viviendo el amor de Cristo en nuestras relaciones, nos abrimos al poder de Dios Trino. Fundados en Cristo y dando testimonio de él, renovamos nuestra determinación para ser fieles heraldos del amor infinito de Dios para toda la humanidad.

Recordamos que esto ya viene de antes, Rome Reports, 12-Oct-2016:

La idea de Benedicto XVI para conmemorar con los luteranos los 500 años de la Reforma

viernes, 28 de octubre de 2016

La fiesta de la condenación: Francisco celebra a Lutero


Francisco con el libro de las 95 tesis de Lutero, 13-Otc-2016

La fiesta de la condenación: Francisco celebra a Lutero

Por César Félix Sánchez Martínez

En ese libro fascinante –y de lectura más que obligada en estos tiempos terribles-, titulado Fátima, Roma, Moscú del padre Gérard Mura (edición en español de 2005), se revela, entre otras cosas, el misterioso simbolismo de una fecha: 13 de octubre, última aparición y milagro del sol en Fátima. Basándose en estudios historiográficos recientes, el padre Mura señaló como fecha del martirio de San Pedro el 13 de octubre del año 67. Curiosamente, sería el mismo día casi 1900 años después, en que ocurriría, en palabras de Romano Amerio, la «ruptura de la legalidad conciliar», cuando, el 13 de octubre de 1962, el cardenal Liénart, de Lille, «capturaría» el micrófono en la asamblea conciliar, y, encabezando un golpe de fuerza de la minoría progresista, impondría el descarte de los esquemas del Sínodo Romano previo, elaborados bajo la vigilancia del cardenal Ottaviani, y daría propiamente origen  al Concilio Vaticano II, al volver a comenzar los trabajos de elaboración de los documentos, pero esta vez con peritos progresistas y con un manejo hábil del «consenso» manufacturado. Se había iniciado de esa forma el desmantelamiento modernista de la Iglesia.

Lo que el libro no alcanzó a consignar fue lo que ocurriría nueve años después de su publicación en español: el 13 de octubre de 2014,  la Relatio Post Disceptationem del Sínodo de la Familia fue leída por el cardenal relator, Peter Erdö, a los 190 padres sinodales. El revuelo fue inmenso tanto en medios católicos como seculares; dos puntos, relativos a la comunión a los divorciados vueltos a casar y otro –el punto 50-, de aceptación de la orientación homosexual, al reconocer sus «dones y atributos» específicos para la Iglesia, fueron los más escandalosos. Aunque la Relatio Synodi ulterior fue en algo aguada, la exhortación Amoris Laetitia y su interpretación autorizada por parte del papa Francisco, tres años después, abren la puerta al sacrilegio de permitir la comunión a pecadores públicos, violentando la doctrina católica. Esta medida no solo se agota en este supuesto mero cambio disciplinar, sino, como han señalado prestigiosos intelectuales como Robert Spaemann y Josef Seifert –para nada sospechosos de “ultratradicionalismo”-, significa la apertura de un horizonte de abolición de  la idea de pecado en la Iglesia.

Tampoco alcanzó a consignar lo que ocurrió el 13 de octubre de 2016. Ese día, en el contexto de la recepción por parte del papa Francisco de una delegación de «peregrinos» luteranos alemanes (así los consideraba Radio Vaticana), y, al margen de las usuales declaraciones del pontífice –que en esta ocasión oscilaron por todos los grados de equivocidad que la doctrina católica considera, desde la proposición temeraria hasta la herética –, el mundo presenció un hecho inédito, en el Aula Paulo VI, en la Santa Sede de Pedro, se ponía en un puesto de honor una estatua del archiheresiarca Martín Lutero, abominador del papado, destructor de la fe (pues, como diría Romano Amerio, el libre examen, núcleo de la doctrina luterana, es la definición misma, el constitutivo formal, de la herejía, no  una simple negación de un dogma particular, sino la negación de todos) y personaje violento y vulgar, para nada «misericordioso».


El mismo Francisco acudirá el 31 de octubre a Lund, Suecia, a conmemorar el inicio del aniversario 500 de la Revuelta Protestante. El 31 de octubre de 1517, Lutero clavó sus 95 Tesis (que, como dice García-Villoslada, no eran 95 ni tesis) en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg. Un nuevo simbolismo en la fecha: doscientos años antes de la fundación de la Gran Logia de Inglaterra, primera francmasonería «especulativa» y cuatrocientos, de la Revolución bolchevique. Tres fechas anticristianas. Tres fechas representativas de la lucha del Demonio por aniquilar los frutos de la redención. Pero además, recordemos que el 31 de octubre es la víspera del 1 de noviembre, día en que la Iglesia conmemora la Fiesta de Todos los Santos, es decir, de las almas que están en el cielo. Al día siguiente, 2 de noviembre, la Iglesia ofrecerá oraciones por las almas que están en el purgatorio. Parece ser, entonces, que, para completar el panorama de estos días consagrados a la ultratumba, se requeriría una fiesta de las almas que están en el infierno. Fiesta abominable celebrada por los satanistas y por el hombre-masa de las «sociedades globales» que, sin saberlo, se disfraza de un alma condenada y juega «inocentemente» a infestar lugares. Ese también es el día de la Pseudoreforma: una fiesta de condenación. Y la cabeza de la Iglesia Católica se apresta a celebrarlo.

Parece ser que, ante los ojos humanos, la conjuración anticristiana ha triunfado.

Sin embargo, hay motivos para confortarnos. En primer lugar, la vindicación absoluta, para todo católico con un mínimo de honestidad intelectual y espiritual, de las previsiones de Monseñor Marcel Lefebvre. En su famosa Declaración del 21 de noviembre de 1974 (que acabaría costándole la supresión ilegal de su obra, la Fraternidad de San Pío X, y ulteriormente su suspensión a divinis, mientras tantos delincuentes y pervertidos fundaban seudomovimientos «eclesiales» que recibían el aplauso de la Jerarquía), escribió lo siguiente: «Nos adherimos de todo corazón y con toda nuestra alma a la Roma católica, guardiana de la fe católica y de las tradiciones necesarias para el mantenimiento de esa fe; a la Roma eterna, maestra de sabiduría y de verdad. Por el contrario, nos negamos y nos hemos negado siempre a seguir a la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante, que se manifestó claramente en el Concilio Vaticano II y, después del Concilio, en todas las reformas que de él surgieron. Todas estas reformas, en efecto, han contribuido y siguen contribuyendo a la demolición de la Iglesia, a la ruina del sacerdocio, a la destrucción del sacrificio y de los Sacramentos, a la desaparición de la vida religiosa y a la implantación de una enseñanza naturalista y teilhardiana en las universidades, seminarios y catequesis, enseñanza surgida del liberalismo y del protestantismo condenado tantas veces por el Magisterio solemne de la Iglesia. Ninguna autoridad, ni siquiera la más elevada en la jerarquía, puede obligarnos a abandonar o a disminuir nuestra fe católica, claramente expresada y profesada por el magisterio de la Iglesia desde hace diecinueve siglos».

El acto del 31 de octubre de 2016 no ha caído del cielo, es parte de un proceso de protestantización, alertado por diversas figuras, significativamente por Monseñor Lefebvre, y expresado en la reforma litúrgica y el aggiornamento en general. El pontificado de Francisco es un fruto claro de la reforma litúrgica, que se aleja de manera impresionante de la doctrina de Trento, como señalaron en el Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae los cardenales Ottaviani y Bacci, y que significó una protestantización de la liturgia explícitamente confesada por Monseñor Annibale Bugnini, quien la fabricó.  Lex orandi, lex credendi: los efectos deletéreos de la Nueva Misa, que permanecían ocultos para muchos ciegos voluntarios, se revelan, cincuenta años después, en la doctrina y acción del primer pontífice cuyo sacerdocio solo conoció de ese rito.

Por otro lado, los diversos signos en torno al Mensaje de Fátima y al panorama mayor de la teología de la historia de estos últimos tiempos nos hablan de que la medida ha sido colmada y, como diría el conde José de Maistre, en las Veladas de San Petersburgo, refiriéndose a la imposibilidad de que el hombre pueda permanecer en un estado de anomia y desacralización:  «Debemos aprestarnos para un acontecimiento inmenso en el orden divino, hacia el cual marchamos con una tan acelerada velocidad que sorprenderá a todos los observadores. Temibles oráculos ya anuncian que los tiempos han llegado».             

sábado, 15 de octubre de 2016

Por razones de ecumenismo, la estatua del heresiarca Lutero dentro del Vaticano.


En lo que aparenta una reivindicación a Martín Lutero iniciada bajo el pontificado de Juan Pablo II, en marco del encuentro ecuménico entre luteranos y católicos, se ha puesto en la sala Pablo VI una estatua del heresiarca excomulgado presidiendo la audiencia papal. Algunas noticias relacionadas al tema con las ya acostumbradas afirmaciones de Francisco en contra del proselitismo, o lo que en católico llamamos “apostolado”.


Información en Infovaticana, 14-Oct-2016.

Francisco: ‘El proselitismo es el veneno más fuerte contra el camino ecuménico’

El pontífice ha dirigido estas palabras a un grupo de peregrinos luteranos de la región alemana de Anhalt que se han congregado en el aula Pablo VI.

El Papa Francisco ha recibido en el aula Pablo VI a un grupo de peregrinos luteranos de la región alemana de Anhalt. Durante la audiencia, ha estado expuesta en el aula Pablo VI una estatua de Martin Lutero, según informa el periodista italiano Antonio Socci. 

Este encuentro se ha producido unas semanas antes de emprender su viaje a Suecia con motivo de la conmemoración de la reforma de Martin Lutero, tal y como él mismo ha recordado:

“A finales de este mes, si Dios quiere, iré a Lund, Suecia, y junto con la Federación Luterana Mundial haremos memoria, después de cinco siglos, del inicio de la reforma de Lutero y agradeceremos al Señor por los cincuenta años de diálogo oficial entre luteranos y católicos”.

El pontífice invitó a los presentes en el aula Pablo VI a dar gracias a Dios “porque hoy, luteranos y católicos estamos caminando en la senda que va del conflicto a la comunión” y porque “ya recorrimos juntos un importante trecho de camino”:

“A lo largo de nuestro caminar tenemos sentimientos encontrados: dolor por la división que aún existe entre nosotros, pero también alegría por la fraternidad reencontrada. Vuestra presencia tan numerosa y entusiasmada es un signo evidente de esta fraternidad y nos llena de esperanza que pueda seguir creciendo en la comprensión recíproca”.

Asimismo, el Papa ha alentado el camino ecuménico de los jóvenes, afianzados en el Evangelio de Jesús, para anunciar la paz y la reconciliación:

“Queridos jóvenes, los aliento a ser testimonios de misericordia. Mientras los teólogos llevan adelante el diálogo en el campo doctrinal, ustedes sigan buscando con insistencia ocasiones para encontrarse, conocerse mejor, rezar juntos y ofrecer su ayuda los unos a los otros y a todos los que están en la necesidad. Así, libres de todo prejuicio y confiando sólo en el Evangelio de Jesucristo, que anuncia la paz y la reconciliación, serán verdaderos protagonistas de una nueva estación de este camino, que con la ayuda de Dios, conducirá a la comunión plena. Yo les aseguro mi oración y ustedes, por favor, recen por mí, que lo necesito tanto ¡Gracias!”.

En respuesta a una pregunta de un peregrino sobre qué hacer para convencer a los que no tienen fe, el Papa ha respondido en declaraciones recogidas por Zenit: “La última cosa que tienes que hacer es ‘decir’. Tú debes vivir como cristiano elegido, perdonado y en camino. No es lícito convencer de tu fe”. Al mismo tiempo ha aconsejado “preparar la tierra para el Espíritu Santo, el que trabaja en los corazones. Él debe decir, no tú”. El Papa añadió que “no hay que tratar de convencer a los no creyentes mediante la imposición. El proselitismo es el veneno más fuerte contra el camino ecuménico. Por el contrario, debes dar testimonio de tu vida cristiana”.




Radio Vaticano, 13-Oct-2016.

Católicos y luteranos aunados por la misericordia de Dios, que tanto anhela el mundo, alentó el Papa

El Papa Francisco recibió en el Aula Pablo VI a los participantes en una peregrinación ecuménica luterana provenientes de Alemania - RV 13/10/2016 12:16

Prosigamos confiados nuestro camino ecuménico: ¡lo que nos une es mucho más de lo que nos divide!

Testimoniemos juntos la misericordia de Dios en el mundo de hoy, que tanto la necesita


(RV).- Fue la exhortación del Papa Francisco, al recibir a un numeroso grupo de peregrinos luteranos de la región alemana de Anhalt. Pocos días antes de su viaje - el 31 de octubre y el 1º de noviembre - a Suecia, en el marco de la conmemoración del comienzo de la reforma de Lutero, en Lund y en Malmö, el Obispo de Roma, con su cordial bienvenida, invitó a la acción de gracias a Dios por el camino ecuménico que hemos recorrido juntos:

«Demos gracias a Dios porque hoy, luteranos y católicos estamos caminando en la senda que va del conflicto a la comunión. Ya recorrimos juntos un importante trecho de camino. A lo largo de nuestro caminar tenemos sentimientos contrastantes: dolor por la división que aún existe entre nosotros, pero también alegría por la fraternidad reencontrada. Vuestra presencia tan numerosa y entusiasmada es un signo evidente de esta fraternidad y nos llena de esperanza que pueda seguir creciendo en la comprensión recíproca».

Luego, el Papa subrayó la celebración ecuménica en tierra sueca, reiterando la importancia de recordar el pasado, mirando al futuro aunados en el servicio a los más necesitados, para hacer visible la misericordia de Dios con el testimonio cristiano:

«A finales de este mes, si Dios quiere, iré a Lund, Suecia, y junto con la Federación Luterana Mundial haremos memoria, después de cinco siglos, del inicio de la reforma de Lutero y agradeceremos al Señor por los cincuenta años de diálogo oficial entre luteranos y católicos. Parte esencial de esta conmemoración será dirigir nuestra mirada hacia el futuro, en vista de un testimonio cristiano común en el mundo de hoy, que tiene tanta sed de Dios y de su misericordia. El testimonio que el mundo espera de nosotros es sobre todo el de hacer visible la misericordia que Dios tiene para con nosotros, a través del servicio a los más pobres, a los enfermos, a los que han abandonado su tierra para buscar un futuro mejor para sí mismos y para sus seres queridos. Poniéndonos al servicio de los más necesitados experimentamos que ya estamos unidos: es la misericordia la que nos une».

El Papa alentó asimismo el camino ecuménico de los jóvenes, afianzados en el Evangelio de Jesús, para anunciar la paz y la reconciliación:

«Queridos jóvenes, los aliento a ser testimonios de misericordia. Mientras los teólogos llevan adelante el diálogo en el campo doctrinal, ustedes sigan buscando con insistencia ocasiones para encontrarse, conocerse mejor, rezar juntos y ofrecer su ayuda los unos a los otros y a todos los que están en la necesidad. Así, libres de todo prejuicio y confiando sólo en el Evangelio de Jesucristo, que anuncia la paz y la reconciliación, serán verdaderos protagonistas de una nueva estación de este camino, que con la ayuda de Dios, conducirá a la comunión plena. Yo les aseguro mi oración y ustedes, por favor, recen por mí, que lo necesito tanto ¡Gracias!»




Video del sitio oficial de la televisión vaticana en lengua italiana donde vemos todo lo sucedido:


Comentario de Stat Veritas:

Recordemos la claridad de las definiciones del Magisterio católico con relación al llamado “ecumenismo” entre católicos y “cristianos” protestantes:

“Podrá parecer que dichos “pancristianos”, tan atentos a unir las iglesias, persiguen el fin nobilísimo de fomentar la caridad entre todos los cristianos. Pero, ¿cómo es posible que la caridad redunde en daño de la fe? Nadie, ciertamente, ignora que San Juan, el Apóstol mismo de la caridad, el cual en su Evangelio parece descubrirnos los secretos del Corazón Santísimo de Jesús, y que solía inculcar continuamente a sus discípulos el nuevo precepto Amaos unos a los otros, prohibió absolutamente todo trato y comunicación con aquellos que no profesasen, íntegra y pura, la doctrina de Jesucristo: Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, y ni siquiera le saludéis (Juan; 2, 10.). Siendo, pues, la fe íntegra y sincera, corno fundamento y raíz de la caridad, necesario es que los discípulos de Cristo estén unidos principalmente con el vínculo de la unidad de fe”.

“Bien claro se muestra, pues, Venerables Hermanos, por qué esta Sede Apostólica no ha permitido nunca a los suyos que asistan a los citados congresos de acatólicos; porque la unión de los cristianos no se puede fomentar de otro modo que procurando el retorno de los disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo”.


S.S. Pío XI, Carta Encíclica “Mortalium animos”, del 6 de enero de 1928.